Sobre el cine de Sofía Coppola

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Sofia Coppola en el rodaje de The Virgin Suicides (1999)

 

Finalmente vi The Bling Ring y confirmé lo que ya sospechaba: Sofía Coppola está obsesionada con la adolescencia. No la culpo. Llevar a la pantalla la frivolidad, el drama, la superficialidad y las contradicciones de los adolescentes debe ser muy tentador. El cine de Sofía Coppola es en sí mismo un cine adolescente –no para adolescentes–; su predilección por la moda, la fotografía, los colores y la música revelan que Sofía se divierte como una jovencita tras la cámara. Con razón Anna Rogers dijo que es imposible pasar por alto la belleza de su trabajo, donde la sensualidad es una parte fundamental del viewing process y donde los espectadores, lejos de ser meros observadores pasivos, están constantemente enfrentados al reto de sentir. Justo como en la adolescencia.

La pregunta es, por supuesto, si en el fondo de este atractivo estilo audiovisual hay una apuesta cinematográfica seria, o si por el contrario Sofía elige sus historias de manera tal que sean sólo excusas para dar rienda suelta a sus obsesiones estéticas. Su particular forma de retratar los conflictos de los adolescentes de clase media alta hace pensar que sí, que su trabajo va más allá de una bonita colección de imágenes, que en su cine hay algo de sustancia. Sofía Coppola muestra –no narra– situaciones complejas, ritos de transición o bifurcaciones en la vida de sus protagonistas. Se trata casi siempre de narrativas construidas al rededor de personas atravesando crisis existenciales, gente indecisa que esconde algo oscuro, malsano o enfermo en su interior. Los demonios interiores de las hermanas Lisbon en The Virgin Suicides (1999) o la insatisfacción crónica de Bob y Charlotte en Lost in Translation (2003) son buenos ejemplos.

Seme ocurre que en el cine de Sofia Coppola hay una conexión fundamental entre la forma y el fondo. Ahí radica la originalidad de su propuesta: mostrar de la manera más bella y sutil posible que la apuesta estética no invalida la complejidad psicológica. Esta premisa es la piedra angular de sus trabajos, y aunque The Bling Ring no es la excepción, ciertamente sí se trata de su trabajo más banal. No hay mucha complejidad en el afán de ascenso social de sus protagonistas, ni en su obsesión por las joyas, los sombreros, los zapatos y las redes sociales. Quizá por eso The Bling Ring constituye una extraordinaria radiografía de nuestro tiempo. Aunque la película me pareció más bien mala (¿Qué pasó, Sofía?) acepto que es una buena muestra de cómo la generación de las recompensas inmediatas –preciosamente retratada en la película– se caracteriza por su necesidad de encajar más que por el acto revolucionario de cambiar las cosas. Se trata, en últimas, del abandono en masa del idealismo. Al aproximarse nuevamente a la adolescencia Sofia Coppola reafirma sus obsesiones y las traslada a lo contemporáneo. Ya no se trata de ritos de pasaje o de disyuntivas sino de alcanzar la fama y tragarse el mundo.

M. Dolores Collazos

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