Arrival, 2016 [En pocas palabras]

Arrival

Denis Villeneuve

Estados Unidos

2016

La posibilidad de que nos visiten seres de otros planetas siempre ha sido inquietante. Orson Welles sembró el pánico en 1938 en Estados Unidos al transmitir su Guerra de los mundos y desde entonces no hemos parado de preguntarnos sobre los detalles de una eventual visita intergaláctica. Arrival (2016) se inscribe en esta tendencia y plantea una pregunta interesante: si un día llegan los aliens, ¿cómo nos comunicamos con ellos?

El gobierno de Estados Unidos cree que la doctora Louise Banks tiene la respuesta. Su amplia trayectoria como lingüista y traductora la precede así que es la elegida para (tratar de) iniciar el primer contacto. La Dra. Banks, sin embargo, no está tan segura de ser la indicada. Es todo menos temeraria y está francamente aterrada por la misión que se le ha encomendado. Los primeros planos al rostro de Amy Adams transmiten bien el estrés y la angustia que supone para la Dra. Banks comunicarse con seres completamente desconocidos (“¿Está seguro de que tienen boca?“, pregunta en algún momento). En este punto la película es un relato muy personal; no sólo retrata el enorme esfuerzo intelectual de la doctora sino los miedos y temores que la asaltan cuando se enfrenta a la posibilidad de fallar. Cualquier lingüista estaría honrado y ella no es capaz de disfrutarlo. El primer plano de su rostro observando por primera vez a lo lejos  la nave extraterrestre por la ventana del helicóptero –una especie de enorme ovalo cóncavo de obsidiana incrustado en la pradera de Montana– es un hermoso preludio del impacto de ellos en su vida.

La primera mitad de la película muestra las dificultades obvias de la comunicación. Lo más interesante es la inclusión de un minidocumental para explicar las ideas más complejas. Al igual que Interstellar (2014), Arrival aprovecha la ficción para explicar conceptos científicos de manera más o menos rigurosa, enmarcándose en la tendencia de divulgación científica que la ciencia ficción viene cultivando últimamente. Viendo el minidocumental recordé las preguntas que me hago desde que empecé a vivir en una lengua que no es la mía: ¿el idioma que hablo determina cómo pienso? ¿si aprendo otro idioma cambia mi forma de razonar? ¿soy capaz de soñar en otros idiomas? ¿hasta qué punto mi personalidad está determinada por mi lengua materna? Y mientras escribo esto, pensando en los juegos de palabras, en el doble sentido, en la importancia del contexto, y en los millones de años de evolución que fueron necesarios para que los seres humanos pudiéramos articular los primeros sonidos, la comunicación me parece un verdadero milagro.

La segunda mitad de la película es menos original. Tuve la impresión de que no pudo escapar del cliché de problematizar nuestra propia incapacidad de responder de manera coordinada ante una visita del espacio exterior (el pánico colectivo nunca falta en las películas sobre extraterrestres). Aunque el problema es la comunicación, la acción empieza cuando los gobiernos de las superpotencias pierden la cabeza al no poder entender por qué o para qué se instalaron los alienígenas en la tierra. Los chinos y los rusos son presas del pánico y proceden por la vía militar; Estados Unidos, en cambio, es partidario de la diplomacia (¡!) pero finalmente termina cediendo ante el miedo y la presión. Aquí la película es excesivamente indulgente: siendo Estados Unidos un país que delira por la seguridad, es una candidez plantear que el gobierno estadounidense se mantendría sereno y racional hasta el límite de lo posible ante la presencia de extraterrestres. Creo yo que sucedería lo contrario: Estados Unidos sería el primero en mostrar los dientes. La historia reciente me da la razón.

Finalmente se plantea el asunto de la maleabilidad del tiempo y la posibilidad de que éste no sea lineal sino más bien como una rosquilla. La perspectiva del lenguaje desarrollada por la Dra. Banks le permite entender que no hay un inicio y un final, un antes y un después. Lo que no queda muy claro es por qué ella –y nadie más– descubre que cierto entendimiento del lenguaje modifica la percepción del tiempo, tampoco queda claro cómo lo hace (dice @mapisaro que el cuento corto en el que se basa la película lo explica mejor). La idea más importante, la idea central, por qué o cómo el lenguaje puede ofrecer una perspectiva no lineal del tiempo, aparece ya muy tarde en la película y no hay tiempo para desarrollarla bien. La reflexión final queda clara: si pudiéramos saber cómo será nuestra vida en el futuro, si pudiéramos conocer el futuro tal y como recordamos el pasado y conocer de antemano todas las angustias, alegrías, victorias y derrotas que nos esperan, ¿abrazaríamos nuestro futuro sin cambiarle nada? Cada uno tendrá su respuesta. La Dra. Banks también tiene la suya.

M. Dolores Collazos

Filth, 2014 [En pocas palabras]

Filth

Jon S. Baird

Reino Unido

2014

Comedia cruda y muy crítica. Bruce, policía escocés, está en está en pleno descenso emocional. Su vida está llena de sombras y todo tipo de vicios que afloran en forma de alucinaciones ; sin embargo a veces, sólo a veces, asoman ciertas virtudes. Me recordó mucho a Trainspotting (1996): la misma perversión, la misma decadencia, la misma desesperanza. Quizá faltó una banda sonora más fuerte y contundente, lo que sí tiene Trainspotting. Aún así, no logro sacarme de la cabeza 99 Red Balloons.
La edición es notable. Retrata muy bien los variables estados de ánimo del protagonista. Hay mucho slang escocés. Seguramente verla con subtítulos le quita la resta al guión la mitad de su esencia.
M. Dolores Collazos

Hacksaw Ridge, 2016 [En pocas palabras]

Hacksaw Ridge

Mel Gibson

Estados Unidos / Australia

2016

“Salen como un noble soldado, vuelven agrios y mutilados”

Willie Colón

Desmond Doss es un muchacho estadounidense que no soporta la idea de quedarse de brazos cruzados mientras otros mueren por la patria durante la Segunda Guerra Mundial. El ataque a Pearl Harbor acaba de pasar y Desmond se lo tomó personal así que después de una reflexión más bien ingenua y simplista, decide que tiene una misión: cruzar el Pacífico, llegar al Japón y aportar su granito de arena para ganar la guerra (“dos se suicidaron por no poder entrar [al ejército]”, dice en algún momento para justificar su elección). El problema es que Desmond es un tipo profundamente religioso y la idea de tocar un arma le repugna. Desmond es, pues, un objetor de conciencia.

A los objetores de conciencia no les va bien en el ejército. Acoso, acoso, acoso y golpes y más acoso son el pan de cada día para Desmond. La mayoría de su pelotón lo detesta y sus superiores no confían en él; de repente todos conspiran para darlo de baja.  Sin embargo, Desmond se aferra a su plan inicial y logra partir a la guerra no como soldado, sino como médico. No se da cuenta de lo obvio: la guerra es, por definición, inmoral. No hay forma de salir limpio. Parece (¿prefiere?) ignorar que no se puede hacer parte de una empresa cuyo objetivo es la eliminación física del enemigo sin condonar esas muertes de alguna manera. No se da cuenta de que las guerras no se ganan dando la vida por otros sino arrancando las vidas de otros. Por eso su asepsia moral es hipócrita, porque es el resultado de creer que es posible entrar a un lodazal sin ensuciarse.

Las escenas del entrenamiento de Desmond no ofrecen mayor novedad y las hemos visto en cientos de películas (basta comparar esto con esto y con esto otro). Se muestra la camaradería de los primeros días, cuando los futuros soldados ignoran la vacaloca en la que se metieron y se comportan como ovejas sumisas rumbo al matadero. Suben, bajan, corren, se arrastran y se hacen uno con su fusil –todos menos Desmond– convencidos de ser unos valientes para finalmente llegar al Japón y darse cuenta de que nada habría podido prepararlos para el infierno de Hacksaw Ridge.

Las imágenes de los horrores de la guerra pasando frente a los ojos de Desmond son duras. Camiones repletos de cadáveres apiñados, soldados transtornados, rostros cansados, miradas perdidas, gente sin alma –”Salen como un noble soldado, vuelven agrios y mutilados”, dice Willie Colón–. Las escenas del combate están bien hechas aunque no son lo suficientemente originales para hacer de la película un hito en su género. Se resalta el heroísmo de Desmond con imágenes muy trilladas: se le ve erguirse entre cientos de cadáveres mirando al horizonte mientras suena música heroica de fondo. También se deshumaniza al enemigo: japoneses con cara de locos rematando a cuchillo a los heridos para después suicidarse de manera ritual. Queda uno con la sensación de que esas escenas son para justificar a los soldados estadounidenses que sí van armados, sugiriéndo que, a diferencia del enemigo, ellos sí hacen un uso ético de las armas.

Me fue difícil tomarme en serio a Desmond. Su dilema está basado en valores que hoy parecen cuestionables y pasados de moda. No termino de entender, por ejemplo, su profundo compromiso patriótico (¿salvar a la patria de qué, exactamente? ¿salvarla para quienes? ¿en nombre de qué?) o su noción de valentía. Desmond Doss ciertamente es un tipo excepcional y lo que hizo es una gran hazaña, pero me parece contradictorio sentir tantos escrúpulos frente a las armas pero no tantos frente a la violencia cuando esta se ejerce en nombre de la patria.

Por último, Gibson acertó en la elección de Andrew Garfield. Su cara de murciélago bonachón es agradable, comercial y muy creíble.

 

M. Dolores Collazos