Midsommar, 2019 [en pocas palabras]

Llegando a Hårga (fuente)

Qué delicia los planes de verano a los que nadie se apunta porque son muy lejos, muy caros o muy raros. Tres estudiantes de antropología se dejan seducir por su amigo sueco hippy-pagano-openmind-ecosostenible de mirada tranquila y deciden ir a un festival de verano en la pequeña comunidad campesina en la que él creció. Todo son ventajas: ver lo que nadie ha visto, escribir una tesis interesante y acostarse con dejar un reguero de amigas suecas en el camino. Diversión y trabajo de campo por partes iguales, el sueño de todo nerd. El problema es que Dani también va. Dani es la novia de uno de ellos y no está en ese mood; de hecho, está pasando por el peor momento de su vida, una tragedia familiar acaba de golpearla y tiene el ánimo en el piso. Qué pereza viajar con ella, además su relación con Christian está cada vez más deteriorada. Nadie quiere incluirla, salvo el amigo sueco, y quizá eso es suficiente porque contra todo pronóstico Dani termina en el avión rumbo a Suecia con el resto del grupo.

La presencia de Dani resulta incómoda pero no importa: en Hårga hay tanta luz y tanta calma que hasta la nube negra que la envuelve a ella parece disiparse. La comunidad es encantadora; todo risas y fraternidad. Los ancianos son muy hospitalarios, alojan a los invitados en un granero que parecería la Capilla Sixtina del paganismo y siempre están dispuestos a responder preguntas sobre cómo se hacen las cosas en Hårga. ¡Y las muchachas! Las muchachas son casi celestiales; están por todas partes y se ven preciosas estiradas sobre el prado con el pelo trenzado sobre la cabeza y sus trajes blancos bordados a mano. Hårga le apuesta a la inocencia, o eso parece. Han renunciado a dogmas como el matrimonio, la fidelidad o la paternidad, y han logrado volver a cierto estado de pureza ideal anterior a la moral cristiana que aflora en la forma como se relacionan con la naturaleza, en su idea de lo sagrado o en cómo entienden el pudor. Los Hårgenners son extraños pero buenos e inofensivos, o eso piensan los muchachos, porque a estas alturas el espectador ya tiene claro que en Hårga pasan cosas raras. No puede ser normal que las jóvenes confíen en pócimas y hechizos para atraer a los muchachos que les gustan o que los alucinógenos sean de uso corriente y comunitario. ¿Y qué hace ese oso encerrado en esa jaula? Todos bailan al rededor del Midsommarstång y la escena no puede ser más idílica pero esta celebración estival pseudopagana es sólo la punta de un iceberg lleno de sangre y confusión (¡corran muchachos, corran mientras puedan!)

Midsommar se inscribe en la tradición del Folk horror: cintas que usan elementos folklóricos para explorar los horrores de salirse de los cánones morales y habitar por fuera de la burbuja de las jerarquías. Aunque en principio podría parecer liberador renunciar al pensamiento racional, la hyperconectividad, el mercado y hasta a la democracia, el Folk horror muestra que al otro lado de la emancipación también pasan cosas aterradoras. Midsommar plantea un escenario en donde la individualidad ha desaparecido y sólo hay espacio para la vida comunitaria; los Hårgenners lo comparten todo, hasta las emociones, y no saben lo que significa sufrir en soledad o morir de viejos porque cada etapa de la vida está delimitada por las necesidades del grupo. El peligro radica en que practicar la empatía al máximo termina por aniquilar el pensamiento crítico. Acercarse al prójimo es hermoso, cómo no si este mundo está lleno de egoísmo, pero en nombre de la solidaridad uno podría terminar aceptando que la vida de cada uno no vale nada porque lo importante es que la comunidad siga siendo viable. En Hårga no hay forma de actualizar la moral pública, no hay disenso y no hay escape, lo que sí hay es mucha sangre y mucha luz. Las personas estrechan lazos (¡y de qué manera!) siempre bajo una inquietante luz cenital que es la principal apuesta estética de la película y que a la larga resulta ser un detalle perturbador: nadie pensaría que siempre es de día en el infierno.

M. Dolores Collazos

Knives Out, 2019 [en pocas palabras]

Hace poco hablaba con Andrés sobre los testamentos. Me decía, medio en chiste medio en serio (así es él con todo), que las ayudas para los empleados que corren el riesgo de contagiarse de COVID por ir a trabajar deberían incluir consejería legal gratuita para el que quiera redactar su testamento. Si uno está un paso más cerca de la muerte por ir a trabajar, decía Andrés, un acto de decencia mínima del empleador es ayudar a su empleado a dejarlo todo en orden. Andrés hablaba y yo me imaginaba montones de gente enloquecida tratando de aprovechar la oferta, preguntándose por primera vez en la vida cómo se redacta un testamento o cómo hacer para dejarle todo al gato.

En la cultura popular otorgar testamento es el acto por excelencia del que quiere reír de último y reír mejor. El viejito millonario cansado de que sus hijos lo adulen por interés, de que sus nueras y yernos se froten las manos pensando en su entierro y de que sus nietos lo parasiten tiene una solución elegante en el testamento. Sólo es escribir un papel diciendo que le deja todo su patrimonio al vecino, a un empleado o a la señora que pide limosna afuera de la iglesia, al que sea con tal de no darle gusto a los buitres de la familia. Después sólo tiene que esperar. Pienso en Clint Eastwood sentado en su sillón de abuelo, rifle en mano, viendo desde el más allá la cara de su nieta cuando le deja su Gran Torino de 1972 a Thao Vang Lor y no a ella.

En Knives Out hay un testamento. También hay un escritor de misterio multimillonario, unos hijos mediocres, unos nietos pretenciosos y una nuera con la cara artificialmente estirada. Hay una enfermera, un ama de llaves, una anciana senil, dos policías no muy sagaces y un detective que no sabe ni por qué está ahí pero ahí está y tiene que hacer su trabajo. Hay una hermosa casa campestre de ribetes neogóticos y un exitoso negocio editorial. Hay una muerte, una fiesta y un affaire. Hay discusiones, conversaciones tensas y amenazas. Hay una gotica de sangre y buenas razones para sospechar de todos. La mesa está servida para rendirle homenaje a Ágata Christie, Hercule Poirot, Sherlock Holmes y hasta a Angela Lansbury.

Pero no se trata de un homenaje solemne. Todo lo contrario: Knives Out se suma al género thriller sin tomárselo en serio, sin protocolo y sin misticismo, con mucho humor negro y detalles cómicos en su justa medida. La composición de la familia es de risa. El muchacho de la Alt-right es primo de la muchacha que estudia no se sabe qué cosa postmoderna-Castrista-feminista en una Universidad carísima y ellos a su vez son primos del playboy arrogante. Todos son nietos del escritor de misterio y bisnietos de la anciana que habla sola (muero de ganas de ir a una cena con esta familia).

Lo mejor de la película, en mi opinión, es el subtexto. Con la excusa de resolver un crimen el guión revela poco a poco que su verdadera intención es satirizar a la clase alta conservadora de Estados Unidos. Es chistoso ver a los Thombey posando de gente seria y desinteresada pero muertos de miedo de tener que salir a conseguir trabajo. Cómo no reírse de un montón de hipócritas al borde del colapso que no pueden darse el lujo de estallar porque ellos son gente divinamente y nada más vulgar que el amor por la plata. No tienen problemas con la inmigración salvo si es ilegal porque trabajar sin papeles es un acto criminal (¡el peor de todos, por Dios!) y no entienden cómo puede haber gente que elige llegar sin visa al país cuando podrían elegir tener sus papeles en regla. Le dicen a la enfermera latinoamericana que es como de la familia pero nadie se ha tomado la molestia de aprenderse de qué país viene. Todos nacieron with a silver spoon in their mouths pero se consideran gente hecha a pulso cuyo éxito está vagamente relacionado con el negocio familiar, imposible no acordarse aquí del trino de Sandra Borda describiendo la Convención del partido republicano del 2020: “Toda la familia Trump dando cátedra sobre cómo se logran las cosas a puro pulso, sin ayuda de ningún tipo”.

Y sí, los Thrombey serían votantes de Trump, sin duda.

María Dolores Collazos

Tulen Morsian (La prometida del Diablo), 2016 [En pocas palabras]

Tulen Morsian

Saara Cantell

Finlandia

2016

Anne tiene 16 años y su sensualidad está a flor de piel. Quiere explorar, sentir y vivir: quiere un amante. Pasa las horas pensando en el hombre magnífico que aparece en sus sueños, recorre los campos pensando en él y le cuenta a sus amigas que sintió deseo nada más al verlo. No sólo lo ve en sus sueños sino también en las flores que arranca cuando pasea por los senderos, en las hojas amarillas de los campos, en las espigas doradas que acaricia con la punta de los dedos. Lo ve incluso cuando interpone un trozo de parafina entre la luz de una vela y la pared y se proyecta una silueta masculina que la hace estremecer. Un día este hombre de ensueño llega a la aldea de Anne a bordo de una balsa; ella sabe que es su hombre y aunque sus amigas la llaman a la sensatez Anne dice que se trata de un amor predestinado y feliz, un encuentro inevitable porque está escrito en las estrellas. El problema es que Anne vive en una pequeña isla de Finlandia en donde todos se conocen, corre el año de 1666 y el hombre de la balsa está casado.

En la aldea de Anne también hay personajes oscuros. Está el reverendo, que goza arrancándole la virtud a las muchachas a la fuerza –es decir, las viola– al tiempo que predica sobre los peligros de la carne desde el púlpito; o el juez, que ha iniciado una cruzada contra la brujería y no le tiembla la mano para torturar y castigar. Esta pequeña comunidad supersticiosa y puritana se convierte entonces en el caldo de cultivo perfecto para las acusaciones infundadas, los testigos falsos, las exageraciones y las confesiones bajo tortura. Todo muy Las brujas de Salem.

El juez es el personaje más interesante. Es un hombre recto –lo que sea que eso signifique en este contexto– que trata de cumplir a cabalidad con la función que le fue encomendada: descubrir todas las acciones del diablo. El problema es que tiene muy poca información sobre los detalles del actuar del demonio y le cuesta distinguir qué acciones son demoníacas y cuáles no. Equivocarse es muy fácil; el juez se debate siempre entre condenar a un inocente o dejar escapar información crucial, por eso está obsesionado con los detalles. El juez siempre quiere saber más, más y más detalles. Quiere saber cómo es convertirse en animal en las noches, cómo es volar en una vaca o cómo es encontrarse con Satán. Quiere saber cómo, dónde y cuándo se siente la lujuria. Su obsesión con los detalles lo priva de ver el panorama general: su problema no es ignorar los métodos que el demonio emplea para seducir sino tratar de aplicar el pensamiento racional a una empresa completamente irracional.

La imagen del juez desesperado, acosado por sus dudas, debatiéndose entre ser un justiciero o un asesino, me hizo pensar en la importancia del pensamiento racional y la perspectiva humanista en la justicia. Es un gran avance de la modernidad que hoy cuestionemos abiertamente la moralidad de la pena de muerte o la efectividad de la tortura en los interrogatorios, y aunque el Derecho penal a veces nos parezca permisivo e ineficaz, es el resultado de priorizar los derechos fundamentales sobre los fines del Estado. Abogar por un Derecho penal (exclusivamente) represivo significa renunciar a conquistas básicas de la modernidad y borrar de un plumazo siglos enteros de pensamiento humanista.

Dicho lo anterior, esperaba más de esta película. Saara Cantell, la directora, ha sido ampliamente celebrada en su país, Finlandia, así que pensé que esta película mostraría una perspectiva original de la cacería de brujas en los países nórdicos o de la vida de las mujeres en comunidades rurales, dogmáticas y oscurantistas, pero no fue así. Es una película más bien lenta, casi aburrida, sin mucha tensión. Ciertamente rescata un episodio triste e interesante de la historia finlandesa (está basada en hechos reales) pero no aporta nada muy distinto de la reflexión que deja, por ejemplo, Las brujas de Salem.

María Dolores Collazos

Arrival, 2016 [En pocas palabras]

Arrival

Denis Villeneuve

Estados Unidos

2016

La posibilidad de que nos visiten seres de otros planetas siempre nos ha parecido tan terrorífica como inquietante. Orson Welles sembró el pánico en 1938 en Estados Unidos al transmitir su Guerra de los mundos y desde entonces no hemos parado de preguntarnos cómo sería una visita intergaláctica. Arrival (2016) se inscribe en esta tendencia y plantea una pregunta interesante: si un día llegan los aliens, ¿cómo nos comunicamos con ellos?

El gobierno de Estados Unidos cree que la doctora Louise Banks (Amy Adams) tiene la respuesta. Su trayectoria como lingüista y traductora la precede así que es la elegida para (tratar de) iniciar el primer contacto. La Dra. Banks, sin embargo, no está tan segura de ser la indicada. Es todo menos temeraria y está francamente aterrada por la misión que se le ha encomendado. Los primeros planos al rostro de Amy Adams transmiten el estrés y la angustia que supone para la Dra. Banks comunicarse con seres completamente desconocidos (“¿Está seguro de que tienen boca?“, pregunta en algún momento). En este punto la película es un relato muy personal; no sólo retrata el enorme esfuerzo intelectual de la doctora sino los miedos y temores que la asaltan cuando se enfrenta a la posibilidad de fallar. Cualquier lingüista estaría honrado y ella no es capaz de disfrutarlo. El primer plano de su rostro observando por primera vez a lo lejos  la nave extraterrestre por la ventana del helicóptero –una especie de enorme ovalo cóncavo de obsidiana incrustado en la pradera de Montana– es un hermoso preludio del impacto de ellos en su vida.

La primera mitad de la película muestra las dificultades obvias de la comunicación. Lo más interesante es la inclusión de un minidocumental para explicar las ideas más complejas. Al igual que Interstellar (2014), Arrival aprovecha la ficción para explicar conceptos científicos de manera más o menos rigurosa, enmarcándose en la tendencia de divulgación científica que la ciencia ficción viene cultivando últimamente. Viendo el minidocumental recordé las preguntas que me hago desde que empecé a vivir en una lengua que no es la mía: ¿el idioma que hablo determina cómo pienso? ¿si aprendo otro idioma cambia mi forma de razonar? ¿soy capaz de soñar en otros idiomas? ¿hasta qué punto mi personalidad está determinada por mi lengua materna? Y mientras escribo esto, pensando en los juegos de palabras, en el doble sentido, en la importancia del contexto, y en los millones de años de evolución que fueron necesarios para que los seres humanos pudiéramos articular los primeros sonidos, la comunicación me parece un verdadero milagro.

La segunda mitad de la película es menos original. Tuve la impresión de que no pudo escapar del cliché de problematizar nuestra propia incapacidad de responder de manera coordinada ante una visita del espacio exterior (el pánico colectivo nunca falta en las películas sobre extraterrestres). Aunque el problema es la comunicación, la acción empieza cuando los gobiernos de las superpotencias pierden la cabeza al no poder entender por qué o para qué se instalaron los alienígenas en la tierra. Los chinos y los rusos son presas del pánico y proceden por la vía militar; Estados Unidos, en cambio, es partidario de la diplomacia (¡!) pero finalmente termina cediendo ante el miedo y la presión. Aquí la película es excesivamente indulgente: siendo Estados Unidos un país que delira por la seguridad, es una candidez plantear que el gobierno estadounidense se mantendría sereno y racional hasta el límite de lo posible ante la presencia de extraterrestres. Creo yo que sucedería lo contrario: Estados Unidos sería el primero en mostrar los dientes. La historia reciente me da la razón.

Finalmente se plantea el asunto de la maleabilidad del tiempo y la posibilidad de que éste no sea lineal sino más bien como una rosquilla. La perspectiva del lenguaje desarrollada por la Dra. Banks le permite entender que no hay un inicio y un final, un antes y un después. Lo que no queda muy claro es por qué ella –y nadie más– descubre que cierto entendimiento del lenguaje modifica la percepción del tiempo, tampoco queda claro cómo lo hace (dice @mapisaro que el cuento corto en el que se basa la película lo explica mejor). La idea más importante, la idea central, por qué o cómo el lenguaje puede ofrecer una perspectiva no lineal del tiempo, aparece ya muy tarde en la película y no hay tiempo para desarrollarla bien. La reflexión final queda clara: si pudiéramos saber cómo será nuestra vida en el futuro, si pudiéramos conocer el futuro tal y como recordamos el pasado y conocer de antemano todas las angustias, alegrías, victorias y derrotas que nos esperan, ¿abrazaríamos nuestro futuro sin cambiarle nada? Cada uno tendrá su respuesta. La Dra. Banks también tiene la suya.

M. Dolores Collazos

Filth, 2014 [En pocas palabras]

Filth

Jon S. Baird

Reino Unido

2014

Comedia cruda y muy crítica. Bruce, policía escocés, está en está en pleno descenso emocional. Su vida está llena de sombras y vicios de todo tipo que afloran en forma de alucinaciones, sin embargo a veces, sólo a veces, asoman ciertas virtudes. Me recordó mucho a Trainspotting (1996): la misma perversión, la misma decadencia, la misma desesperanza. Quizá faltó una banda sonora más fuerte y contundente, lo que sí tiene Trainspotting.
La edición es notable. Transmite muy bien los estados de ánimo del protagonista. Hay mucho slang escocés, me imagino que verla con subtítulos le resta esencia al guión.
M. Dolores Collazos

Hacksaw Ridge, 2016 [En pocas palabras]

Hacksaw Ridge

Mel Gibson

Estados Unidos / Australia

2016

“Salen como un noble soldado, vuelven agrios y mutilados”

Willie Colón

Desmond Doss es un muchacho estadounidense que no soporta la idea de quedarse en su casa de brazos cruzados mientras otros van a la guerra en nombre de la patria. El ataque a Pearl Harbor acaba de pasar y Desmond se lo tomó personal así que después de una reflexión más bien ingenua y simplista decide que tiene una misión: cruzar el Pacífico, llegar al Japón y aportar su granito de arena para ganar la guerra (“dos se suicidaron por no poder entrar [al ejército]”, dice en algún momento para justificar su elección). Pero hay un problema: Desmond es un tipo profundamente religioso y no soportaría tocar un arma. Es un objetor de conciencia.

A los objetores de conciencia no les va bien en el ejército. Acoso, acoso, acoso y más acoso son el pan de cada día para Desmond. La mayoría de su pelotón lo detesta y sus superiores no confían en él pero Desmond es terco y se aferra a su plan inicial y después de mucho insistir logra partir a la guerra como médico. No se da cuenta de lo obvio: la guerra es inmoral por definición, no hay forma de salir limpio. No se puede hacer parte de una empresa cuyo objetivo es la eliminación física del otro sin condonar esas muertes. No se da cuenta de que las guerras no se ganan dando la vida por otros sino arrancando las vidas de otros. De ahí la hipocresía de su asepsia moral: Desmond cree que es posible entrar a un lodazal y no ensuciarse.

Las escenas del entrenamiento de Desmond no ofrecen mayor novedad y las hemos visto en cientos de películas (basta comparar esto con esto y con esto). Se ve la camaradería de los primeros días; los futuros soldados ignoran la vacaloca en la que se metieron y se comportan como ovejas rumbo al matadero. Suben, bajan, corren, se arrastran y se enamoran de su fusil –todos menos Desmond– convencidos de ser unos valientes para finalmente llegar al Japón y darse cuenta de que nada habría podido prepararlos para el infierno de Hacksaw Ridge.

Las imágenes de los horrores de la guerra pasando frente a los ojos de Desmond son duras. Camiones de cadáveres apiñados, soldados transtornados, rostros cansados, miradas perdidas y gente rota por dentro. Las escenas del combate están bien hechas aunque no son lo suficientemente originales para hacer de la película un hito en su género. Se resalta el heroísmo de Desmond con imágenes muy trilladas: se le ve erguirse entre cientos de cadáveres mirando al horizonte mientras suena música heroica de fondo y se deshumaniza al enemigo (todos los japoneses tienen cara de locos y rematan a cuchillo a los heridos para después suicidarse de manera ritual). Queda la sensación de que esas escenas son para justificar a los soldados estadounidenses que sí van armados, sugiriendo que, a diferencia del enemigo, ellos sí hacen un uso ético de las armas.

Me fue difícil tomarme en serio a Desmond. Su dilema está basado en valores que hoy parecen cuestionables y pasados de moda. No termino de entender su profundo compromiso patriótico (¿Salvar a la patria de qué? ¿Para quienes? ¿En nombre de qué?) o su noción de valentía. Desmond Doss ciertamente es un tipo excepcional y lo que hizo es una gran hazaña, pero me parece contradictorio sentir tantos escrúpulos frente a las armas pero no tantos frente a la violencia que se ejerce en nombre de la patria.

Por último, Gibson acertó en la elección de Andrew Garfield para interpretar a Desmond. Su cara de murciélago bonachón es agradable, comercial y muy creíble.

M. Dolores Collazos

Captain Fantastic, 2016 [En pocas palabras]

Captain Fantastic

Matt Ross

Estados Unidos

2016

 

“Solo hay uno de mí en el mundo”

Bodevan

 

“Los estadounidenses están subeducados y sobremedicados”, dice Ben y es difícil no darle la razón. Aplica, además, para el resto del mundo desarrollado. Todos hemos pensado alguna vez que a lo mejor no necesitamos tantas cosas, que no es normal que seamos tan gordos, que no sabemos hacer nada útil y que somos simples peones de un sistema podrido desde sus cimientos. Y si a eso le sumamos la corrupción de los gobiernos, el abuso de las farmacéuticas, el lobby de las tabacaleras, las petroleras aplastantes, el bullying en los colegios, los transgénicos y hasta el cambio climático lo único que queda son unas ganas inmensas de retirarse al campo.

Ben lo hizo. Le dio la espalda a esa cloaca que según él es la sociedad y se propuso llevar con su esposa y sus hijos una vida honesta basada en la disciplina, el autoaprendizaje, el respeto por la naturaleza, el pensamiento crítico y un curioso sentimiento tribal que se exacerba con el sonido de las gaitas. Son una familia antisistema que se preocupa por lo importante, no por lo urgente. El padre representa la autoridad moral e intelectual y supervisa personalmente y de manera semidictatorial todos los aspectos de la vida de sus hijos: desde el vocabulario permitido hasta sus rutinas de ejercicio. Los niños por su parte tampoco pierden tiempo: no van al colegio pero son más cultos que cualquier adulto, hablan varios idiomas, se enfrentan a exigentes retos físicos de supervivencia y han aprendido a usar armas desde muy temprano. La inmensa cultura general de los niños introduce una dura crítica al sistema educativo: no tiene mucho sentido enviar a los niños al colegio en nombre de un aprendizaje francamente mediocre cuando podrían formarse mejor en la casa.

El problema es que esta visión del mundo difícilmente puede coexistir con la vida normal llena de azúcar y comida chatarra que llevamos todos. Y cuando Ben y sus hijos se encuentran con el mundo real el choque es inevitable, no sólo porque su estilo de vida supone una ética particular que no compagina con la del resto del mundo, sino porque el precio de llevar una vida dedicada al desarrollo físico e intelectual en el aislamiento es la atrofia de las habilidades sociales. Los hijos de Ben no entienden ciertos códigos que sólo se adquieren a partir de la vida en comunidad; “A menos de que salga de un maldito libro, no sé nada sobre nada”, dice Bodevan con razón. Entonces es evidente que el conocimiento no es suficiente para sobrevivir: también se necesita intuición. No vamos al colegio (solamente) a adquirir conocimiento, sino a tener experiencias que nos preparan para la adultez, y esa es una razón legítima para apostarle al sistema educativo tradicional.

 

María Dolores Collazos

 

 

Lady Chatterley’s Lover, 2015 [En pocas palabras]

Lady Chatterley’s Lover 

Jed Mercurio

Inglaterra

2015

Simpática adaptación para televisión del clásico de H.D. Lawrence. La historia es bien conocida por su alto contenido sexual pero el aspecto más interesante es la diferencia de clases sociales (de hecho el contenido sexual de esta adaptación es más bien poco). Con todo, el final me tomó por sorpresa (no he leído el libro).

No hay mucho más que decir sobre esta película. Si se la encuentran en televisión un día cualquiera haciendo zapping podrían invertirle las dos horas sin remordimientos.

M. Dolores Collazos

Wild, 2014 [En pocas palabras]

Wild

Jean-Marc Vallée

Estados Unidos

2014

Qué fácil es ir dando tumbos por la vida y equivocarse todo el tiempo mientras todos parecen tener claro a dónde van. Cheryl sabe de eso. Lleva a cuestas un montón de basura emocional, años de abusos de drogas y alcohol y ni hablar de su desaforada vida sexual. Desde la muerte de su madre no tiene claro lo que dice o a quién se lo dice (está enganchada a la heroína), sólo sabe que siempre hay que tener cerveza a la mano. Su matrimonio se acabó y ella misma va a acabarse también así que usa el último gramo de sensatez que queda en su interior para demostrarse que aún queda algo de la vieja Cheryl y decide recorrer a pie y en solitario el Pacific Crest Trail, un sendero que conecta México con Canadá. Todo un reto.

El desafío no es tanto corporal como espiritual. Recorrer la cresta del Pacífico es un ejercicio de reflexión y crecimiento personal durante el cual Cheryl descubre que puede ser una mujer valiente y decidida, capaz de fijarse objetivos y alcanzar metas. Alguien muy diferente de la adicta a la heroína que queda en embarazo y no sabe de quién y que la película introduce a través de flashbacks. Al tiempo que lucha con lo agreste del paisaje Cheryl se desprende de todo juicio moral sobre su pasado y lo asume como un conjunto de hechos que debían suceder para que ella llegara a ser quien es; la avalancha de autodestrucción que casi la rompe por dentro era necesaria para que Cheryl recorriera el sendero.

La película tiene un mensaje poderoso: habla de no rendirse, de aprender y de cómo todos tenemos la capacidad de tomar las riendas de nuestro destino. Wild  siembra la semilla del reto personal, del abandono de la zona de confort y de la superación de estereotipos (“una mujer sola no puede viajar”). No creo que la caminata haya significado para Cheryl una metamorfosis, mucho menos una expiación. Se trata más bien de un rito liberador y sanador, un ejercicio de autoaceptación y de reconciliación con su pasado para darle paso a un futuro prometedor y lleno de propósito.

Después de ver la entrañable relación de Cheryl con su mamá es inevitable preguntarse cuál es el polo a tierra de uno mismo.

M. Dolores Collazos

The New World, 2005 [En pocas palabras]

The New World

Terrence Malick

Estados Unidos

2005

Decidí ver esta película para conmemorar el 12 de octubre. Estaba buscando algo relacionado con el encuentro entre dos mundos y apareció The New World, basada en el romance entre Pocahontas y John Smith que conocimos por la película de Disney (aunque según Wikipedia nunca hubo tal romance).  La fotografía me sorprendió muchísimo. Impecable. Valdría la pena verla sólo por eso. Hay una calidez especial, una tenue luz amarilla que juega con pelo largo de Pocahontas y humaniza el relato. De repente, John Smith y Pocahontas dejan de ser personajes del mito fundacional americano y se convierten en dos enamorados sin pretensiones.

Dicho lo anterior, la película promueve una idea básica que no comparto: el profundo contraste axiológico entre ingleses y nativos. Mientras los indígenas son retratados como gente que no sabe de maldad ni de codicia, los ingleses se muestran poco transparentes, envidiosos y calculadores. John Smith lo comprueba cuando pasa una temporada con ellos y poco a poco se despoja de sus esquemas mentales para abrazar la paz de vivir entre gente generosa. Se admira de la sencillez de la tribu, de su bondad y de su profunda conexión con la naturaleza. No quiere irse pero es forzado a hacerlo y cuando vuelve a su campamento todo le parece vil y terriblemente sórdido. Esta visión siempre me ha parecido ingenua. No creo que los indígenas de entonces (ni los de ahora) hayan sido una comunidad inmaculada. No creo que con la civilización (lo que sea que ello signifique) lleguen los vicios de la moral, creo más bien que éstos son inherentes a todo grupo humano, independientemente de la etnia.

María Dolores Collazos